Léolo y los sueños de una noche de verano


Igual que Léolo descubrió la cercanía y el blanco que precede a la muerte cuando su abuelo estuvo a punto de ahogarlo en una piscina de juguete, yo la descubrí a ella. El día que no salí supe que, en el fondo, era como la había imaginado. Nos conocimos hace casi quince años y sin embargo nos desconocíamos más de lo razonable. Nunca habíamos pasado de conversaciones intrascendentes de barra de bar o laborales de mañanas de trabajo. Aquella noche, en lo que debió ser el sueño de una noche de verano, descubrí un espíritu no tan libre como imaginaba pero limpio y sano como refleja su apariencia.
El sueño debió durar horas pero a mi me parecieron minutos. Música, cine, libros, seguidos de más música, más cine y más libros y la constatación de que uno no está solo en el cementerio de papel impreso. Cuando regresé del sueño la imaginé envuelta en un tul mientras cantaba en directo Volunteers. Me recordó a Grace Slick, al espíritu limpio y claro de los primeros setenta.




Han sido necesarios quince años para haber podido compartir a Ignatius Reilly y su válvula pilórica mientras, hasta entonces, imaginábamos que lo único que nos unía eran amigos comunes, afecto de años, la fuerza de la costumbre o los grados de alcohol. Lo que antes hacía la absenta lo hace ahora la edad y mientras escribo este minuto de recuerdos, homenaje a la  amistad, no dejo de pensar en todo aquello y todos aquellos que nunca llegas a conocer. Afortunadamente, la noche que no salí pude romper la inercia. Hablar de Lubitsch te reconcilia con la vida y los hombres. Realismo mágico y genio naif.




En el sueño descubrí también a Léolo, el personaje que inicia la entrada. Curioso encuentro para alguien que presume de estar a la última en la materia. Ahora, mientras escribo, la película suena de fondo tras la tercera visión de una obra maestra. Descubierta, curiosamente, una noche que no salí.